la palabra como semilla

lunes, 4 de febrero de 2013

México 6/ Retornos

Tal vez sea esa necesidad de poeta de fugarme de lo concreto en cuanto pueda evitar ciertos lugares comunes, tal vez solo la inmensidad de aromas, sabores, sonrisas, lluvias y mareas que rodearon mis últimos cuarenta días que me impiden verdaderamente el uso de la palabra para cerrar por fin este intento de relato de viaje.
Sin embargo lo intento, como siempre que escribo.

Día 41, Distrito Federal.

El último tiempo ha sido vertiginoso, la idea en mente de una fecha de regreso precipitó las estadías en Chiapas y los planes se empezaron a ajustar a momentos precisos del viaje, más bien, al esbozo de su fin. Sin dejar de viajar a la deriva de la suerte, sin dejar de pasar horas de contemplación, en la selva chiapaneca bajo las memorias del náhuatl o en la mareas inquietas del pacífico; las horas parecieron estrecharse y los momentos a vivirse como una despedida. Despedir a mi amiga y compañera de viaje, despedir al mar y a la luna sobre él, tan ondulante, tan unidos el uno y la otra. Sin dejar de viajar y mantenerme en ese estado diría de trance entre mi ser y mi estar, entre lo que soy y el lugar como espacio que me hace. Pero vagando por pensamientos que no pertenecen al aqui y ahora, si no a lo que viene (como esperanza de lo de siempre), a mi cotidiano platense tan caótico e imprevisto como un viaje pero rodeado de mil sentidos que sólo la permanencia produce.

Volver ¿a dónde? ¿a quiénes? ¿a mi misma?...con una mochila más grande que la que realmente se ve. Con los pies tallados por otros caminos, con las alas sucias y la sonrisa diferente. Constantemente vienen a mi memoria los innumerables relatos oídos, las personas que conocí y aún ahora sigo conociendo, las canciones, las carreteras, las caídas, la fiebre. Y se me llena de colores el cuerpo, porque me vibra cada una de esas historias, me nace una nueva rama del tronco que dará sus frutos con el tiempo,con el paso de los días y las palabras.



Y escribo ondulaciones, trances, vagar y divagar y retornar constantemente y ahi detrás está esa sensación indescriptible que hace días me ronda, esa imagen de un camino infinito por territorio mexicano que no parece otra cosa que la imagen misma de la vida, de la búsqueda errante por caminos nuevos y viejos, unas veces más conciente que otras: imagen y deseo a la vez, búsqueda constante de sueños apretados en la palma de la mano y arremolinados en el pecho.

Viajar ¿desde cuándo? ¿hasta dónde? es también un sentido infinito e indescriptible. Podría intentar escribir esta sensación que rodea, pero seguiría dando vueltas, masticando esbozos. En pocos días lo charlamos con unos matecitos.

miércoles, 23 de enero de 2013

México/5

Mérida-Playa del Carmen-Tulum


Tal vez los lugares no sean lo más importante, sino la transformación que ocurre al atravesar por ellos.
Ondulante, caminantemente.
Las plazas se suceden como los días, como las olas.
Los hoteles, los museos, los edificios y el semáforo. Serpentean bajo nuestros pies.
Días y noches que gotean sobre veredas azules, un abrazo entre los sueños y los caminos hechos, como un árbol que se deja llevar por el viento o como una ráfaga de hojas anaranjadas.
Las distancias descubren las cercanías entre el corazón y la cabeza.
La cintura del árbol de la cual nacen las raíces y también los pájaros, de la cual se aferra el viento y donde danza la luz de la luna. El vaivén. Las palabras que me trae el agua salada, las canciones de la carretera.

Escribir sobre lo que se ve/siente/vive sobre mi o sobre lo que creo que es el mundo a mi alrededor.

Aprender de todos, de los pájaros, del mar. Escucharme tanto hasta perderme en una canción que no es mía. Cantar, bailar, llorar. Sentir el poder de la vida que estalla en cada instante, saber que aunque las peores cosas parecen suceder, el agua se las llevará después de todo.
Soñar incesantemente.
Luchar incesamente.

Caracoles destrozados en la arena blanca, corales, vidrios rotos, plástico. Y también el agua que acá está llena de arena y ahí es verde y más allá azul profundo. La chamba, el carrito, músicos que recorren restaurantes, vendedores de tours, malabaristas. Unas poesías que esperan mis alas para ser pájaros.

También la fiebre. Soñar con un juego donde un grupo de personas se reúne alrededor de una mesa e intentan nombrar todas las palabras del mundo, un sueño infinito e inquietante. Las personas que amo dan vueltas como mosquitos alrededor de mi cama-cueva en el urban hostel de playa del carmen. Regresan las palabras de un señor que me compró un librito en mérida, acerca de vivir la aventura de viajar con nada. Entre temblores de frío y sudor febril voy dejando fuera de mí los miedos, o descubro que los dejé en algún recodo de este territorio.

Entonces. Las bicis, el mar, cocinar unos fideitos con brócoli y tomar una chela mientras se pueda. Entonces dejar que la lluvia sea y que los días pasen y algo nos encontrará en el camino. Dejar de lado las ideas de hacer turismo para hacer vida, como siempre y como cada día de una manera única, inolvidable e irrepetible.

Huellas en la piel, eso son los lugares.    




jueves, 17 de enero de 2013

México/4

Campeche, Hostal La Parroquia

Sueños mates amores olas juegos regalos risas duchas mar movimiento carretera sol música en la mente en la radio escribir cantar (de a poco) una chela calor veredas adoquines horchata de coco magia trsitezas camiones sombreros paseítos ciudades casitas selva montañas abrazos festejos malecones estrellados desayunos alas caracoles sorpresas enojos mochila ropa sucia canciones que me recuerdan otros días espejos comidas desconocidas flores tortugas lagartos viento  las nubles blancas que no serán lluvia pero si lo fueron gringas el italiano jim que sólo come frutas el mole las tlayudas pelícanos restos del pasado que son hoy el pan de mucha gente que no sé si le interesa el pasado la gente de la calle, del bus, del mercado las hormigas rojas gigantes una estrella fugaz en mazunte grillos luna casi llena o luna de risa de gato

vibrar

dibujos amigos nuevos la michelada de desayuno limón viajar a dedo comer con los camioneros bailar salsa probar el picante caminar en la noche sola en la mañana meter los pies y que se hundan con el vaivén sentir la fuerza de la vida erizándose en la piel extrañar lo cotidiano

entenderme

un poco más de lo que acostumbro no pensar en nada descubrir el mundo como una niña nadar mirar el ventilador por un rato y el vuelo en grupo de los pájaros en el cielo nublado los pescadores casitas de colores como en la canción piñatas de siete picos niños con botas de punta y sombrerito de paja el matriarcado istmeño de oaxaca la panza de cin que duele mis ovarios que sangran el viento que sacude las nubes y el árbol que asoma al otro lado del patio

y más allá

mi infancia en el bosque, la ciudad de la plata, mati ese amor que no entiendo pero que sigo en la lucha porque me hace bien ese hombre aunque no se bien cómo, mi hermano que viaja y lo extraño tanto cada día, mis hermanas soñando en sus propios caminos tatuadas en mi corazón y mis pies pero tan lejos sus abrazos ahorita, mi mamita que cumple ya ni sé cuántos años, las fiestas, mi gato que está gordo, la humedad en las paredes los libros la bici roja y las birras en la plaza en la vereda, los miedos de siempre la "carrera", la antropología, mi camino en ella, las becas, los sueños miedos y engaños, lo suerficial de confiar en las palabras y su profundidad infinita, los talleres, el swing, tentativo, el aplauso la lucha las trabas la magia, mis amigas, las canciones. Mi mundo

en perspectiva

siento sueño escucho pienso que es todo tan efímero yo soy tan efímera como las flores en una maceta necesito tanto del río del amor de los sueños ¿y si mi sueño es dejar de soñar? ¿y si me dejo llevar por el infinito estado de tránsito y distancia que impone el viaje? ¿y si mi viaje sólo es un contrapeso, un espejo, de mi sueño ya cumplido, es decir, de mi hermosa y complicada vidita platense?

Despierto. El viento sigue soplando fuerte, la espalda un poco resentida por el peso de la mochila, los ojos vidriosos por tanto espejo, por tanta sinceridad conmigo misma, los pies fríos y un poco de dolor de cabeza.  Quién sabe a dónde me encontrará mañana el sol.